martes, 1 de marzo de 2016

Me gusta...


Me gusta andar por las ciudades de madrugada, huérfanas de bullicio se hacen más mías. A veces cojo mi manzana mordida y pateo la ciudad envuelto en música. Voy escogiendo música para la escenografía de la ciudad. Bolero, barroca, Bossa Nova, Nueva o vieja trova, clásica, música pop alemana, china etc. etc. Tengo determinado ya distintos tipos de música para algunos rincones de Barcelona, la ciudad que por ahora me acoge. Con música barroca, me gusta llegar a Sant Felip Nerí, la plaza mas entrañable del barrio gótico. Al monasterio de Pedralbes me acerco con los Cuartetos Vieneses. Fue en la Habana, donde descubrí la alegría de ponerle música a ese entramado que poco a poco uno va amando, va haciendo suyo. A ese entramado hemos dado en llamarlo ciudad. Ya después conservé esta costumbre, en mis nuevas ciudades. Tengo música para ciudades tan diferentes como Teruel, Colonia, Santa Clara, Magdeburgo o Peking. ¡Qué lujo cruzar el Guadalquivir, entrar en Triana, acompañado de Lola Flores!
Me gusta, sentarme tras los cristales del ventanal de una cafetería, con vistas a la calle, si es invierno mejor. Observar la ciudad, tras la cortina ondulante de una taza caliente. La gente corre a sus asuntos y yo los observo desde la tranquilidad de mi manzanilla. Cuando necesito tranquilidad, una taza humeante obra milagros. En el ínterin del humo, se me escapa la vista a la calle; se solucionan mis problemas. Así de fácil, es admirar el mundo. “Paren el mundo que yo me bajo aquí.”
Me gusta discutir con un amigo sobre cualquier tema. A veces, emulando a Platón, defiendo un punto de vista distinto al que en realidad me place, solo por darme el gusto de alargar la conversación. Esto lo puedo hacer, por desgracia, sólo con dos o tres amigos. A los que al parecer también les va la marcha de disfrutar una conversación. Sin que surjan malos rollos porque alguien tenga en una conversación una opinión distinta a ti. Claro hay formas y formas no se trata de defender una opinión pareciendo completamente atontado.
Me gusta cocinar algo que me salga bien y comerlo después con un buen grupo. Si la preparación se hace con los amigos, entonces mucho mejor. Las sobremesas me gustan cortas o largas… depende de la compañía.
Me gusta una copa de un buen vino. Aunque soy un animal de cemento y asfalto, prefiero tomarme una copa frente a la playa o con vistas al o en el bosque. Muchas veces tengo que ir a trabajar a un pueblecito alejado, como sé que el juicio va a durar poco, me llevo mi música, mi libro, mi botella de vino, un abridor y mi copa preferida. ¡Qué dirá el guardia de seguridad cuando mi maletín pasa por el arco de seguridad! Terminado el trabajo, me siento tranquilo frente al mar y me doy unos buenos lingotazos, leo un libro, escucho música. y al final regreso. Aun en invierno, el tiempo casi siempre acompaña. Es agradable sacar un buen libro y leer un rato con el arrullo, o el trueno del mar. A veces sólo me apetece disfrutar la naturaleza. Como es un placer de pocos, el sitio es para mí solo. Me gusta mientras bebo un vino leer la etiqueta: tiene gustos a mermelada, madera, minerales. Después bebo un sorbo y busco la mermelada, la madera, los minerales. No, no… espera. Bebo otro sorbo pues no encuentro ni mermelada, ni madera ni minerales. Ni tampoco encuentro la persistencia en nariz o la redondez en boca. Soy un analfabeto vinícola. Esto lo hago sólo con un buen vino (léase caro) y cuando sé que no tendré más trabajo ese día. Así he pateado Sant Feliú de Guixols, Gerona, entre otros lugares catalanes. Del juzgado a la playa, con un Ribera del Duero…
Me gusta descubrir nuevos lugares. Con guía o sin ella. He descubierto lugares geniales, donde sentarse un rato. Llegar al silencio de una placita sin salida justo frente al palacio episcopal de Sevilla. He bajado por el bosque de la Alhambra y he descubierto una iglesia en Cadiz con esculturas geniales.
Me gusta ir en tren. Hay un tramo especial. De Barcelona a Blanes y de Barcelona a Vilanova y la Geltru. Y me gusta por Carpentier que hizo ese tramo desde Francia hasta Valencia y lo escribió para mi. “La Consagración de la primavera.”
Me gusta salir del metro en escalera mecánica. Parece una película de Fellini. Uno va subiendo y el mundo se va abriendo, no solo porque salgo a cielo abierto, sino porque los colores dicen: “Aquí estoy yo” Desde el submundo del metro, ja ja ja, se ve de repente un cuadrado celeste, que se va llenando mientras uno sube. El cerúleo se mancha de plátano, de cipres, de encina, de gente corriendo de un lado para otro…
Me gusta levantarme temprano, taza de chocolate en mano, bien abrigado salir a mi terraza. La luz va entrando en el valle y lo va tiñendo de un rosa tímido al principio, más tarde rosa insistente. Llega el momento en que todo tiene rosa, no llega a rojo. Hasta las montañas con su alfombra verde azulosa se sonrojan. El cielo casi se pierde en lontananza sin una nube y con un azul señalando hacia el valle. Todo indica rosa. Día tras día el mismo fenómeno se desarrolla de una forma totalmente distinta. He aquí la gracia. Al final entro a mi casa, con las pilas cargadas justo en el momento en que el rosa brilla tanto que ya es amarillo.
Aquí entran los me gustan inconfesables, por el horario y por el público.
continuara…

No hay comentarios:

Publicar un comentario